viernes, 11 de agosto de 2017

Andresito, Luis A de Villena

He hallado tu foto en un libro que fue de mi madre. Una novela.
Te quería mucho, porque siempre fuiste atento con ella, pero además
porque eras el hijo de Guillermina, que atendió siempre a mamá…
¿De verdad eras el hijo de Guillermina? Pensábamos que aquella
mujer buena, era demasiado vieja para ser tu madre. Ella pasaba de los
setenta y tú llegabas apenas a los veinte. Decían que te había recogido y
cuidado y que en verdad eras hijo de una mujer, en fin, da igual,
alguien que perdió el camino en esta sociedad hipócrita y sucia…
Pero esos calambures del destino no le importaban un ardite a
Guillermina ni tampoco a mi madre, he de decirlo… Para ellas (y para mí)
fuiste sólo Andrés o Andresito, un chico alto y atractivo que quiso
ser militar. Yo diría que tu carácter era más lúdico, mucho más jovial,
nada autoritario y que por ello, en verdad, la milicia te cuadraba poco.
A veces, en broma, yo le decía a mamá que  hubieras sido mejor torero.
Eras feliz o parecías feliz, cuando seguías viniendo a vernos,
muerta ya Guillermina, tan dulce… ¡Cuánto hubiese llorado, pobre,
de haber llegado a saber que te mató eso que llaman “fuego amigo”, lejos,
muy lejos, en el Asia Central. Yo pedí tu cuerpo. Yo fui (con tu capitán)
el único asistente a las honras fúnebres en Toledo, donde habías nacido.
Al hallar la foto, Andrés (de subteniente) he querido ir a tu tumba.
Estaba descuida y la he limpiado, como sé que se hacía antes. Como
sin duda, Guillermina habría hecho. Nadie sabe ya quién fuiste, Andresito,
nadie. Ni madres, ni colegas, ni novias ni amigos. ¿Los tuviste?
Pero en tu pobre y desolada tumba, vulgar para alguien tan radiante
como eras, aprendí, Andrés, que nadie se queda solo nunca…
Mientras pensaba en ti, sentí cómo los recuerdos brotaban de todos
lados y oí tu voz, tu risa, y te vi a caballo la vieja tarde del río…
O aquella otra en que te bañabas, al ocaso, y gritabas feliz entre las olas:
¡Me voy Pablo, mañana me voy a Kabul! ¿No te da envidia?
Tu imagen inconsútil era idéntica en la fábrica del viento.
¿Envidia? No sé. Te envidié muchas veces. ¿Debo decirlo, y ahora?
Luis A. de Villena
España
Madrid, 31 de octubre de 1951

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